La miraba desde dentro del bar. Ella parecía una mujer fatal, de esas que te arrancan el alma con una mirada: de labios rojos y piel blanca, pelo negro como el azabache atado en una cola de caballo larga y fina, formada con unas caderas de infarto y unas piernas eternas. Era perfecta. Fumaba un cigarrillo fuera, envuelta en una bufanda larga y gorda de lana color beige. Y yo, mientras, tomaba un café espresso observando cada esquina de su cuerpo como si no hubiera un mañana en el que ella volviera a aparecer. Me descubrió entre tanta gente mirándola, se sonrojó y me pareció la cosa más dulce que jamás había visto. Se cubrió los pómulos, ahora amelocotonados, y me mandó una sonrisa cálida. Yo se la devolví, y sorví un poco del café ya frío.
Cuando entró, yo no sabía qué hacer. Bajé la mirada hacia el periódico del día anterior, intentando disimular aquellos cinco minutos, creándome una burbuja que rebobinaba en el tiempo. Y estaba convencido de que ella no sabía nada, y que aquello no había pasado, cuando de pronto se puso delante mío y me saludó.
- Hola. He visto que me mirabas, ¿te conozco de algo?
- Bueno.. No, no nos conocemos. Disculpa si te he molestado.
- Tranquilo. ¿Cómo te llamas?
- Javier. Encantado. ¿Y tú, cuál es tu nombre?
- Celia. Encantada.- Otra vez su sonrisa me deslumbró, pero esta vez me mostró sus dientes, perfectamente alineados, como perlas de un collar de incalculable valor. - ¿Puedo sentarme contigo? Mi amiga me ha dejado sola, no tengo a nadie con quién charlar.
- Claro, siéntate. Te invito a un café, si quieres.
En aquella media hora supe que tenía venticinco años, que trabajaba en una agencia de viajes y me percaté de unas pecas en la nariz. Me explicó que vivía sola en un piso de alquiler con un gato al que llamaba Luís, y que le hubiera encantado ser veterinaria. Yo asentía a sus explicaciones, y las escuchaba, pero me sentía tremendamente atraído a sus ojos. Eran increíbles, grandiosos y brillantes. Se despidió de mí agradeciéndome la compañía, y me dijo que quizá algún día nos volveríamos a ver.
Pasaron los días, y yo volvía a la misma hora a aquél bar. No dejaba de pensar cuándo la volvería a ver, pero no aparecía. Y así una semana, y dos, y tres. Pagaba un café y esperaba hasta el último momento a que apareciese. Pero ella no lo hacía, y llegué a plantearme si me había mentido, o había evitado volver a allí porque un loco desconocido la miró hasta gastar sus ojos.
Tres semanas y media después la volví a ver. Caminaba por la calle con un carrito de la compra con detalles florales, y un vestido turquesa que le llegaba a las rodillas. Mientras nos acercábamos entré en un bucle de pánico. ¿Me reconocerá? ¿Continuará sin mirarme? ¿No querrá volver a verme? Cuanto más nos acercábamos, menos sabía qué tenía que hacer. Y en un intento de poder parar y saludarla, seguí hacia adelante sin mirarla. Sentí que ella me clavaba sus ojazos. Me miró fijamente, con esa sonrisa tan elástica, hasta que nos dimos la espalda. ¿Qué había hecho? ¿Por qué fuí tan inútil? Siempre he intentado saber por qué. Por qué el pánico me nubló y me hizo hacer la cosa más tonta del mundo. Reaccioné a los segundos, y me giré para buscarla. Entonces ella se giró, sorprendiéndome, y me saludó.
- Creía que no me habías reconocido. He pasado una vergüenza...- tenía las mejillas sonrojadas, como la primera vez que la vi.
- Lo.. Lo siento, de verdad. Es que estaba tan, tan.. En mi camino.. Pero me pareció que eras tú, y me giré para saludarte. Ya ves..- creo que en ese momento aprendí qué era la vergüenza.
- Bueno, ¿adónde vas?
- Pues n..No lo sé, la verdad. ¿Por?
- ¿Te apetería un café, o algo? Así no nos quedamos en medio de la calle.
- ¡Claro, claro! ¿Quieres que te ayude a llevar la compra?
Charlamos tres cuartos de hora más. Le expliqué que era un simple administrativo de ventisiete años que vivía en el pueblo de al lado, que tenía cinco plantas y dos de ellas estaban medio muertas y que odiaba el momento de ir a comprar y que las señoras te dieran prisa por meter las cosas en la bolsa. Ella me dijo que podíamos volver a quedar algún día, para volver a tomar café. Y nos dimos los números de teléfono y los correos electrónicos. Salimos del bar y nos despedimos con dos besos y una mirada cómplice.
Tres horas más tarde miré mi correo electrónico, esperando algún mensaje, esperando que ella me dijera "¿Sabes qué?, me has gustado mucho, y podríamos cenar juntos", pero no aparecía. Y no sabía qué escribirle para no parecer un tío obsesionado con ella. Para poder tranquilizarme fuí a pasear por el bosque. Pero no pude hacerla desaparecer. Pensaba cíclicamente en ella: primero su mirada, después sus labios, otra vez su mirada y por último su número de teléfono. Después volvía a comenzar. Tras dos horas de camino, volví a casa exausto buscando la ducha desesperadamente, pero no pude evitar volver a mirar el correo electrónico. Tenía dos mensajes... ¡De ella!
"Hola Javier :) Soy Ceci, la chica con la que has hablado hoy, y el otro día.. Bueno, otro día, dos semanas o tres. Espero que recuerdes que me diste tu correo, no sé si lo harás muy comunmente. Yo no, la verdad, jaja. Quería preguntarte si te apetecería ir al cine conmigo. Dan una película que podría ser graciosa, no sé si habrás oído de ella. Bueno, contéstame para decirme si te apetece o no.
Besitos: Ceci."
El otro decía:
"Hola Javier. Discúlpame por enviarte otro mensaje más. Soy súper vergonzosa, y nunca había hecho esto con nadie. Esto de.. Hablar con alguien que no conozco de nada, y quedar con él.. Y estas cosas que estamos haciendo, ya sabes, jaja. Quiero decirte que no te conozco demasiado, pero me pareces un buen hombre. Y por eso quiero conocerte más.
Besitos: Ceci."
Qué cosa tan dulce. Quería contestar, decirle todo lo que pensaba. Me tiré una hora y media delante de la pantalla, escribiéndo banalidades y eliminándolas. ¿Qué puedo poner? Y decidí: "Escribe, y envía. Y lo que pase, pasará." Así que contesté:
"Querida Cecilia. No me molestas, para nada. Me encantaría ir al cine contigo. Si te digo la verdad, me pareces una chica encantadora. Y me alegra que me veas de ese modo. Creo que, como habrás comprobado, yo también soy vergonzoso, y no, no me suele pasar esto. No suelo ver a una chica, mirarla durante un rato y hablar con ella. Realmente nunca lo había hecho, y pensaba que estas cosas no pasaban. Pero ya ves, pasa. No quiero parecerte un obseso, de verdad. No quiero parecerte nada malo. Me encantaría conocerte. Así que, ¿cuándo quieres que nos veamos? Elige tú película, yo soy más del estilo de acción.
Javier"
"Y lo que pase, pasará."

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